Cualquier forma de amor, incluso la más diminuta, le recuerda dolorosamente el amor perdido. Caminar tres calles para devolver un paraguas le destroza el corazón. Tan pequeño ha llegado a ser. La canción más tonta le detiene, y le obliga a regresar a la cama para taparse la cabeza con las mantas.
No es capaz de amar, pero tampoco está dispuesto a olvidar o a ser olvidado. Se agarra de manera grotesca al último beso, como si fuera el último segundo del último día del fin del mundo.
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